martes, 30 de septiembre de 2008

La casa de la puerta roja

En Saavedra, mi barrio de la infancia, todos la llamábamos la casa de la puerta roja. No fue hasta fines de las vacaciones que descubrimos, con mis dos mejores amigos, el verdadero secreto que guardaba esa casa.
Como todos los años, nos fuimos de vacaciones durante la última quincena de enero. Por el trabajo de mi papá, solo disponíamos de esos quince días para irnos a la casa de veraneo que tenia mi abuela en Mar del Plata. Lo que más odio de las vacaciones es, sin duda, el viaje de regreso. Nuestro auto es dentro de todo amplio, pero mi hermano menor, Matías, parece necesitar un auto entero para poder estar cómodo, por lo que me empuja y me patea, hasta que mi mama interviene y me dice que le deje más espacio. Aunque mi papá prefiere no intervenir, yo se que está de mi lado por ser su hijo primogénito, pero no se lo dice a mamá para no discutir.
Todos los veranos, lo primero que hago cuando llego, es ir corriendo a mi jardín y saltar la medianera que separa mi casa con la de Nico, mi mejor amigo desde el jardín de infantes de la escuela Bernardino Rivadavia. Sentados en el patio hablamos de lo que cada uno hizo durante los quince días. Generalmente, Nico pasa algunos días con su abuela en Pilar, pero este año se quedo en Buenos Aires y me contó sobre la casa de la puerta roja. Me dijo que a la noche, exactamente a la una treinta y cinco de la madrugada, una luz se prende en la casa de la cuadra de enfrente. Todos los chicos que vivimos en esas dos cuadras enfrentadas, sabemos muy bien que allí suceden cosa raras. A veces se escuchan ruidos o golpes secos, otras veces maullidos de gatos, pero lo que más asustó a todos, en el día de la primavera, fueron los gritos de una mujer. La mamá de Sebas nos contó que en esa casa vive una mujer que enviudo de muy joven y como nunca tuvo hijos, cría 10 gatos como si lo fueran; y por eso la llaman la viuda de los gatos. Aunque para nosotros la verdad era más escalofriante.
Para verificar que lo que Nico decía fuera cierto, decidimos que vigilaríamos la casa durante esa noche. Pregunte si podían quedarse dos amigos a dormir a casa, pero la respuesta fue que no, porque si no mi hermano también querría invitar amiguitos. Como la casa de Sebas queda en la misma cuadra, no era muy útil, por lo que terminamos quedándonos en lo de Nico. Comimos milanesa con puré y de postre flan casero con dulce de leche, una especialidad de Mariela, la mamá de Nico. Esa noche en la casa íbamos a estar nosotros tres y al mamá, porque el papá trabaja como guardia de seguridad en un edificio en el centro y le tocó el turno nocturno. Por otro lado, la hermana mayor de Nico, Mercedes, salía a bailar con unas amigas y no volvía hasta las seis; lo que nos permitía espiar desde la ventana de su cuarto, porque daba a la calle. A las doce treinta, la hermana nos saludó cuando pasó por el living y se fue. Subimos la escalera corriendo y agarramos los binoculares, el largavista y las galletitas, del cuarto de Nico y nos escabullimos en silencio en el cuarto de Mechi. Esperamos en silencio, haciendo rondas de vigilancia y anotando lo que veíamos, pero no pasó nada hasta que fueron la una treinta y cinco. En la calle no había nadie, ni siquiera autos; primero escuchamos un ruido, como cuando algo de vidrio se cae y se rompe, después se prendió una luz en la habitación del primer piso. Con los binoculares y el largavista intentamos ver lo que sucedía dentro, pero las cortinas estaban corridas y lo único que pudimos ver fue la sombra de alguien que se movía lentamente dentro del cuarto. Al cabo de cinco minutos, que parecieron eternos, vimos la sombra devuelta y la luz se apagó. Lo que Nico había contado era cierto, pero quién era la persona que vivía en esa casa, por qué siempre se levantaba a la una menos veinticinco, salía de allí o estaba siempre encerrada; esas y otras preguntas nos mataban de curiosidad. Esa noche dormimos solo cuatro horas, nos quedamos hablando y especulando cuál seria la verdad de la casa. A la mañana, la mamá de Nico nos vio y nos preguntó que habíamos hecho a la noche que teníamos esas caras de cansados. Le dijimos que nos habíamos quedado mirando la saga entera de Star Wars en la tele. Lo único que dijo fue que éramos unos aficionados y en un tono bastante burlón, pero no me importó porque no era verdad y además estaba concentrado en idear un plan para descubrir que era lo que pasaba verdaderamente en esa casa.
El plan lo ideamos en la pileta de la casa de Sebas, mientras tomábamos un helado de agua. No era nada complicado y se parecía a un verdadero plan de espías secretos; consistía, literalmente, en entrar a escondidas a la casa. La gran pregunta era cómo hacerlo, tenia que ser durante la noche, pero no después de la una, para no cruzarse con la misteriosa persona que encendía la luz. Además necesitábamos una estrategia, para poder entrar a la casa sin que nadie se enterara. La idea se le ocurrió a Nico, íbamos a atravesar los jardines de la cuadra, saltando las medianeras, desde la casa de Sebas. Solo eran tres jardines, cuatro, contando el de la casa de la puerta roja, una vez allí sería pan comido. Entraríamos por la puerta trasera, que todo el mundo en Saavedra deja abierta, y sin hacer ruido empezaríamos a revisar cada rincón. La idea era buena, aunque un poco arriesgada, considerando que no sabíamos verdaderamente qué era lo que vivía en ese lugar, y que podríamos terminar en la cárcel, por sospecha de robo o peor, como prisioneros eternos de la viuda de los gatos. Decidimos que esperaríamos una semana para estudiar en detalle los movimientos de la casa, y a pesar de que eran pocos, y nada era visible desde afuera, sabíamos que por lo menos vivía una persona, que había gatos y que a la una treinta y cinco se levantaba durante cinco minutos aproximadamente, peor no sabíamos que hacia.
El jueves a la noche fuimos a dormir a lo de Sebas. A las once de la noche, cuando todos en la casa dormían, salimos afuera y atravesamos los tres jardines que nos separaban de la casa. No se veían luces, ni se escuchaba nada, la casa parecía estar vacía. Nos acercamos a la puerta trasera, estaba abierta, por suerte, la cocina estaba a oscuras, pero habíamos llevado linternas. No parecía abandonada, estaba todo muy limpio y ordenado. Nos estábamos acercando a la puerta que pensamos nos llevaría al living cuando Nico grito asustado, un gato siamés color blanco le había rozado la pierna. Del otro lado de la puerta se escucho un ruido, una silla que se corría y pasos que se acercaban a la puerta. Nos escondimos debajo de la mesa, por unos segundos no nos movimos, ni respiramos. La puerta se abrió, esperábamos lo peor, un as de luz entró y no pudimos distinguir nada, solo un par de pantuflas rosas. En la sala continua alguien preguntó si todo estaba bien. La persona que se encontraba en la cocina no respondió, simplemente se agacho, levantó el mantel y nos sonrió. Fue tal el susto que nos llevamos, que no hicimos más que quedarnos inmóviles y gritar. El sujeto resultó ser una señora mayor, con cabello blanco y arrugas. Mientras se reía, nos tendió una mano. Nosotros, más que sorprendidos, nos miramos, entonces le agarré la mano y salí de abajo de la mesa. La mujer nos dirigió hasta la otra habitación, efectivamente era el living de la casa. En un sillón cerca de una lámpara de pie, se encontraba sentado un hombre, también mayor y con cabello canoso, que nos sonrió. Nos sentamos en unas sillas y esperamos, no sabíamos bien qué, pero esperábamos. Al cabo de unos minutos, la señora entró con una bandeja con tres tazas de té y un plato lleno de galletitas, la dejó en una pequeña mesa y se sentó en el otro sillón. Nos dijo que no nos asustáramos, que no iban a llamar a la policía porque nos conocían, pero que tendrían que llamar a nuestros padres para que supieran donde estábamos. Le suplicamos que no lo hiciera que solo estábamos jugando y que no lo volveríamos a hacer. Nos preguntó por qué en su jardín, Nicolás fue el que habló. En cortas palabras, y salteándose muchos detalles que yo particularmente consideraba importantes, le explicó por qué teníamos tanto interés en su casa. El hombre solo expreso una risa carrasposa, sin embargo la mujer se rió a carcajadas con una risa alegre y joven. No entendimos por qué les causaba tanta gracia y fue entonces que descubrimos que lo que toda la gente decía, eran puras invenciones.
Su nombre era Irma y había vivido toda su vida ahí con su esposo, Roberto. Juntos habían tenido dos hijos varones, que cuando formaron sus familias dejaron de visitarlos. Como los hijos no vivían más en la casa, se sintió muy sola y comenzó a juntar gatos abandonados, que encontraba en la calle. Como les costaba mucho caminar, porque ya eran mayores, no salían mucho de la casa y una empleada los ayudaba con los quehaceres de la casa y las compras del supermercado. La razón por la cual se levantaba a la una treinta y cinco resultó ser algo tan simple como un remedio que Roberto tenia que tomar. También nos explicó, que muchas veces los ruidos que se escuchaban eran cosas que se caían, pero al ser el piso de madera, hacía eco y sonaba más fuerte. Nos contó sobre su vida de joven, de cómo era entes el barrio y de los nietos que tenia, pero que solo había visto dos veces en su vida. En ese momento nos dimos cuenta de que eran solo un matrimonio de abuelos que vivían solos y necesitaban compañía.
El último mes de vacaciones fue distinto a cualquier otro. Todas las tardes a las cinco de la tarde íbamos a la casa de Irma y de Roberto a merendar. Además los ayudábamos con lo que necesitaran, como ir al médico o al supermercado. Pero, sin duda, lo mejor que hicimos ese verano, fue llamar a los hijos para contarles que Irma y Roberto tenían muchas ganas de ver a sus hijos y a sus nietos otra vez, porque los extrañaban mucho. Decidimos no contarles nada para que fuera una sorpresa. Un domingo fuimos a visitarlos, era raro porque generalmente íbamos en la semana, pero no dijeron nada. Al rato sonó el timbre y fue Irma a abrir la puerta. Según nos confesó el lunes siguiente, ese había sido el mejor día de su vida.
Ahora estoy casado y vivo en la casa de toda mi vida con mi familia. Todas las noches, después de acostar a mis hijos, le cuento la travesía que pasé a los doce años con mis mejores amigos. A pesar de que mi esposa me dice que no la cuente, nunca se cansan de escucharla y sorprenderse, y eso me resulta gracioso. Aunque lo más gracioso, es que, por más de que se que ya no viven más Irma y Roberto en la casa, sigo despertándome a la una treinta y cinco y espío por la ventana, tratando de ver si la luz esta encendida en la habitación del primer piso de la casa de la puerta roja.

Agustina Longoni

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