Decidió levantarse e ir al cuarto de Ayelén. Estaba con fiebre.
Entró al cuarto y una culpa infinita se apoderó de él, una herida incurable acompañada de la angustia más profunda. Decidió soportarlo, sabía que no tenía mucho tiempo.
El sol se escondió rápidamente tras los árboles del jardín de su vecina. Su esposa había llegado. No quería salir, se quería quedar en el cuarto de su hija, con sus reflejos de la vida.
Aunque la fiebre aumentaba deseaba quedarse mirando las fotos de Ayelén. –Ya pasaron tres meses de su muerte!-, gritaba el hombre. Llevaba una semana enfermo y hacía tres días que gritaba por la mañana como si hubiera tenido una pesadilla la noche anterior. Su esposa decía que estaba preocupada, había perdido a su hija hace tres meses, no lo queria perder a él también; sólo era egoísmo.
Horacio encontró un libro escrito por Ayelén en el terer cajon del escritorio, allí solía guardar todos sus secretos. Mientras lo leía Horacio iba tomando noción de lo que ella había sufrido durante la vida y también de lo que había disfrutado.
Ya llevaba un día dentro del cuarto, se sentía peor que antes pero no dejaba de observar las fotos y de leer el libro de la hija; iba por la mitad, no lo podia abandonar en ese momento. La fiebre y la tristeza se habían convertido en algo mortal; Horacio había pasado a otro estado; la realidad se borraba y su cuerpo cambiaba.
Disfrutaba el placer de ir entrando en un mundo fuera de lo común, en dejarse capturar por los reflejos de su hija, el persuadirse de que se encontraba con ella en estos momentos tan díficiles. El morir no es lindo, menos si la muerte llega, te atrapa y por fin te combate tan lentamente como en el caso de Horacio; en estos momentos es necesario estar acompañado, pero su esposa no estaba en todo el día en la casa, tenia que trabajar.
Ya van cuatro días- dijo Maria, su esposa- yo también estoy triste por la muerte de mi hija, y tengo miedo, tengo miedo de no poder sacarlo de ese cuarto.
Las hojas del libro se acababan, y las fotos se empezaban a ver borrosas. Horacio se sentía capturado, necesitaba mirar y leer cosas de su hija, lo hacian sentir más cercano a ella, lo hacían sentir acompañado.
La muerte está ganando y ya no le quedan más fuerzas. Se le acabó el libro y le queda una sóla foto visible. Nunca dejó de llorar por su hija ni tampoco dejó de pedir que vuelva, que vuelva junto él. Según su esposa gritaba todos los días el nombre de Ayelén, decía que la veía; y la veía: su hija se le aperecía. Nunca entendió qué era lo que estaba pasando, las fotos no se veían más y el libro se había acabado, sólo quedaban horas y estaba asustado. No soltaba en ningún momento el pedazo de papel en el que hacía un día estaba la imagen de su hermosa hija.
Su esposa creía que estaba loco o que era todo producto de la fiebre, no confiaba en que su hija hubiera cobrado fuerzas de algún lado y estuviera convertida en un fantasma.
Ayelén decía que lo quería ayudar, y como a la muerte no se la puede esquivar, quería llevarlo con ella para que volviera a ser feliz.
Entonces Horacio la vió avanzar y atravesar la puerta de la habitación.
- ;Que extraño!- dijo la muchacha, avanzando cautelosamente. – Que cuarto más oscuro- observó mientras la puerta se cerraba con un golpe detrás de ella.
- Dios mio!- dijo Horacio -. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. Nos quedamos encerrados!.
- Los dos no. Uno sólo- dijo la muchacha, y agregó:- Te espero.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
El hombre sonrió y su corazón dejó de latir.
Maia.
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